La nave
OASIS ENTRE DOS TIERRAS
Esta es la esquina de la confluencia. Por un lado, bajan los rostros apresurados, sin afeites, a los que el humo de los días les ha cubierto las derrotas, las cicatrices, las tristezas. Por el otro, suben los rostros serenos, depurados, en los que las sonrisas se recrean a cada instante, a cada saludo. Unos y otros se cruzan raudos entre el bullicio del ambiente: los buses más antiguos de la ciudad de Cali, los Gris San Fernando, resuenan ante el cerrado cruce entre la calle primera y la carrera 42 y su sonido se confunde con la voz de Vicente Fernández que brota de los bafles colgados al interior de los negocios de comida, a esos que nadie se asoma durante el día y sin embargo permanecen abiertos.
Muchos de los que suben y de los que bajan tienen un destino común. Una mole con techo desproporcionado, custodiada por un ejército de rejas, les abre sus puertas. Comunidad Cristiana Católica Niño Dios de Belén, se lee sobre la entrada. Es una iglesia y, como pocas, tiene escrito su nombre, tal vez para asegurar lo que es, pues su aspecto no lo permite.
Los peatones, sobre todo los que bajan
de Siloé, dicen que el templo parece una nave y que por eso el sector que lo circunda es conocido con ese nombre. Amparo Barrera, catequista de la parroquia y moradora de una casa en la loma, desciende todos los días por los escalones de Siloco para llegar a las seis y media de la tarde a dirigir el rezo del rosario, desde allá arriba parece como si fuera El Arca de Noe pero a medida que uno baja le va hallando la forma.
Situada en el límite que separa a la comuna 19 de la 20, entre el reconocido barrio El Lido y la temida invasión de Siloé, La Parroquia Niño Dios de Belén nació a finales de los años cincuenta con la llegada del sardote español Sebastián Aldoma y de sus acompañantes: los padres Amadeo, Ramón y Manuel, al principio, la misa se celebraba en las escuelas de por aquí, después en una enramada pero como nosotros queríamos una iglesia de verdad, los padres propusieron que cada quien diera un ladrillo y así fue que se pudo construir recuerda Doña Herminia Muñoz de Llanos que lleva cuarenta y siete años viviendo en El Lido y asistiendo todos los día a la misa de las siete de la noche.
Comandados por los cuatro clérigos diocesanos, los católicos del sector hicieron realidad su sueño de tener una iglesia propia pues en el año 1960, bajo el decreto 16 de La Arquidiócesis de Cali, fue dada a conocer La parroquia de San Rafael Arcangel, que, tres años después, cambiaría su nombre por el de Niño Dios de Belén. Esos curas eran echados pa delante, si no hubiera sido por ellos no tendríamos nada dice Leonardo Hernández señalando la estructura hoy construida, en gran parte, con bloques de ferro- concreto, el padre Ramón visitaba a los feligreses en un caballo blanco que tenía, ellos se ganaron a la gente, tanto así que estuvieron casi cuarenta años en la iglesia.
Más todo no ha sido dicha para los religiosos que han tenido a su cargo el templo. Cuentan los feligreses que el Sacerdote Ignacio Salgado, párroco hasta hace cuatro meses, fue extorsionado y amenazado por cuarenta mil pesos que un drogadicto le pidió utilizando la confesión para que el cura no divulgara lo sucedido. a veces abusan de la confianza que se les da y por eso es que las personas que vivimos allá arriba tenemos tan mala fama dice Hermelinda Montalvo Albarracín que como ella misma agrega, lleva 62 años bregando a aplanar la loma pero la loma ya la aplanó a ella.
Desde sus inicios, la parroquia fue un punto de encuentro. En cada eucaristía, hoy como ayer, dos caras de la sociedad se unen en torno a la creencia religiosa. El hecho de que la Iglesia de la Nave, como es conocida, sea el único templo católico en muchos metros a la redonda ha permitido que pintorescos personajes de la loma de Siloé compartan recinto con las Señoras del barrio El Lido, así que no es raro ver a un sujeto con cara de matón de barrio recibiendo la comunión de manos de un laico impecablemente vestido. No le voy a decir que este es un lugar muy sano pero si puedo decirle que hemos aprendido a vivir juntos sin tener mayores problemas, comenta Myriam Valencia que hace cuatro años vive en El Lido y participa de los programas humanitarios auspiciados por la parroquia. En compañía de otras señoras del barrio hemos conformado un plan de ayuda llamado La Olla Comunitaria, cinco días a la semana se entregan 65 almuerzos diarios para la gente de Siloé.
Poco a poco el recinto se fue volviendo el refugio de los desprotegidos, y era de esperarse al tener como vecino a uno de los mayores centros de pobreza de la ciudad, así que un grupo de hermanas de la comunidad de San José de Gerona decidió asentarse en el lugar para, con sus servicios, menguar un poco los pesares de los que acudían al centro eucarístico en busca de ayuda. Con su lema: aliviar el dolor y sembrar la paz en el corazón del que sufre, las religiosas fundaron el Dispensario Médico La Nave, al lado de la iglesia.
Hasta ahora, parece ser que la presencia de las monjas los ha complacido a todos, pero ellas tienen claro que la vida de muchas de las personas, que por ahí transitan, no es fácil y que es mejor no tentar al diablo. Por ese motivo, las rejas que resguardan al templo de la inseguridad también se extienden hasta el pequeño centro de salud, es entendible que si a ellos se les presenta la oportunidad de robar, lo hagan, pues han crecido en un medio en el que esa es una forma aceptable de sobrevivir argumenta la Hermana Gerardina Zuleta, que desde hace dos años fue trasladada de Santuario, Santander a Cali para apoyar la labor que se lleva a cabo en La Nave.
Un letrero en aluminio indica los servicios que se prestan: ecografías, laboratorio clínico y primeros auxilios; nosotras somos enfermeras, nuestro trabajo tiene una mirada social, si sabemos que el paciente no tiene como pagar entonces no le cobramos dice Covadonga Galguera, la religiosa que nació en plena guerra civil española y que desde hace veinte años administra el lugar.
De un momento a otro, una joven de tez pálida sale de uno de los tres consultorios con que cuenta el dispensario, al cruzar la puerta, una lagrima rueda por su mejilla y cae sobre el papel que lleva en las manos, eso pasa todos los días, ni siquiera se han terminado de criar ellas y ya están trayendo niñitos al mundo comenta Luz Deny Castaño, la recepcionista del centro asistencial, mientras contesta el teléfono que suena sobre su escritorio.
De vuelta a la parroquia, un grupo de personas ha aguardado con paciencia, son las 6:30 PM, ya es hora de rezar el rosario. Las puertas del templo se van abriendo, la figura pesada de una mujer, apoyada sobre una de las naves, se advierte entre la penumbra del recinto. Ella es Mercedes Paz, quien ocupa un cargo inusual para su género, es la sacristana, oficio que alterna con la venta de tintos en la Galería de Siloé. Con pasos lentos, se dirige hasta el altar para conectar el micrófono que será utilizado en la lectura de los misterios, antes de la misa de la noche. Para ella, venir aquí es muy importante pues se siente útil y eso es lo único lo que la mantiene viva comenta con aire compasivo Amparo Barrera mientras observa los cirios que van siendo encendidos por Mercedes.
Uno de los primeros en entrar al templo es Pachito, un hombrecillo de piel cobriza al que una deformidad en el rostro no le permite pasar inadvertido. Cuenta la gente, que hace muchos años, un lunar le salió en la frente y empezó a crecerle aceleradamente; a pesar de que le ofrecieron ayuda médica, no la aceptó y hoy la carnosidad ha aumentado de tal forma su tamaño que ya le cubre todo el flanco derecho de su cara. Todas las tardes, en el atrio de la iglesia, Pachito espera que las puertas se abran, una labor muy importante lo impulsa a hacerlo, él es el campanero. Cuarenta años de experiencia permiten que se desempeñe con total destreza. A la hora de la misa, el particular individuo se prende de las cuerdas que, adaptadas a su pequeña estatura, permiten arrancarle el sonido a las tres campanas que se asoman por un orificio en la fachada.
El llamado es escuchado, una a una, las bancas de la parroquia se van llenando, la eucaristía comienza, el rito de la unificación se consuma Las señoras, los ladrones, los niños, los matones, todos se confunden entre una multitud en la que a duras penas se consigue imaginar la condición de cada quien por su aspecto. Sin reparar en esto, pues el tiempo los ha acostumbrado, ahora están congregados ante la imagen del Niño Dios de Belén, que posa dentro una urna transparente con una sonrisa dibujada en su rostro de pasta; parece que supiera lo que pasa, es como si se complaciera ante el espectáculo que ha propiciado su nombre.