EL TIEMPO: DILEMA DEL HOMBRE
Para hacer este ensayo lo he pensado mucho, pues no hay nada más profundo que el tiempo. Sin embargo, siempre me ha gustado conocer y cuestionar los cambios (los cambios llevan implícito el tiempo) socioeconómicos que se presentan en la modernidad, por eso decidí abocar el tema del tiempo desde este punto.
Para empezar, se debe decir que desde el siglo III a.c. el tiempo ya era percibido mediante la observación del movimiento de los astros, especialmente del sol. No obstante, el mundo de la antigüedad era un mundo cualitativo en el que el tiempo no se medía porque, más bien, se vivía en términos de eternidad.
Posteriormente, cuando irrumpe la mentalidad utilitaria, el hombre empieza a emplear elementos como la clepsidra (reloj de agua) para materializar la idea de sustituir el tiempo intuitivo por el tiempo medido con exactitud. En este momento el ser humano reevalúa su concepción del tiempo y lo empieza a mirar como un factor multiplicador de dinero ya que se piensa que el tiempo es oro y para sacarle el mayor provecho debe medírsele minuciosamente.
Desde el siglo XV, los relojes mecánicos invaden a Europa y el tiempo se convierte en una entidad abstracta y objetiva, numéricamente divisible. De esta forma los individuos se independizan de los ciclos agrarios y de todos los métodos que les permitan apreciar el tiempo de una forma más espontánea.
Pero el objeto de este ensayo no es recordar la historia de cómo el hombre ha ido descubriendo elementos para medir el tiempo, más bien es el de llevar a reflexión el hecho de que las estrategias mercantilistas del mismo hombre han convertido al tiempo en su más acérrimo enemigo.
Es necesario tener en cuenta que el fundamento del mundo moderno es la ciudad, allí se mueven las fuerzas que constituyen esta sociedad dinámica, liberal y temporal de la que hacemos parte, en ella prevalece el tiempo sobre el espacio por el simple motivo de estar dominada por el dinero y la razón, dos fuerzas móviles por excelencia. La urbe es el hábitat actual del hombre, es para muchos, la mayor representación del progreso humano, el lugar donde se plasma toda la grandeza que se ha alcanzado, pero para mí, no es más que la representación de la trágica comedia en la que el hombre quiso ser dios y terminó siendo esclavo, esclavo del dinero y de su propio orgullo.
El hombre conquistó la ciencia y mediante ella creyó dominar la naturaleza, entonces se sintió poderoso y se empeñó cada vez más en obtener resultados a través de ella, la utilizó para enumerar su mundo, para sentirlo más propio y para verlo en términos de su creación. Es así como las ciencias exactas empezaron a regir nuestra sociedad, a tal punto que ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantificable, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos.
El hombre cuantifica el tiempo, lo pone en sus términos, trata de hacerlo suyo, tanto así que lo carga en su muñeca, pero no se da cuenta que entre más intente apropiarse de él menos lo tendrá y más daño se hará. El reloj, que surgió para ayudar al hombre, se ha convertido en un instrumento para torturarlo, hemos llegado a tal punto que nuestros ciclos vitales no son independientes de él, hasta nuestro metabolismo le pide permiso al segundero para proceder (miramos el reloj para saber si ya es hora de que nos dé hambre).
El mundo de hoy, marcha de prisa y el hombre, aunque diga que sí, no ha logrado adaptarse a ese ritmo que se ha impuesto a sí mismo. Los cambios y los avances de la tecnología son tan vertiginosos que el individuo se siente aturdido, pero igual, hace gala de ellos para enaltecer su orgullo. Aplica la técnica a todo lo que encuentra a su alrededor, creando un mundo aparentemente, perfecto pero que de verdad es incompatible con esa naturaleza sensible que, en el fondo, todavía le permite al hombre ser humano. De esta forma, no es difícil pensar que un gran número de las enfermedades modernas se han desencadenado debido al desequilibrio que la técnica y la sociedad han producido entre el hombre y su medio. En estas circunstancias, no es descabellado decir que el hombre acabó por convertirse en víctima de su propio invento y que, hoy en día, sufre las consecuencias de su soberbia.
En los tiempos modernos, la máquina se convirtió en el gran emblema de los logros alcanzados por el hombre, se llegó a sostener que ella lo desembarazaría definitivamente de las tareas manuales y que le dejaría más tiempo libre para cultivar las actividades del espíritu. En realidad, las cosas resultaron al revés porque los poderosos dueños de las industrias buscaron la forma de aumentar, cada vez más, el rendimiento mediante la densificación de la labor humana: cada segundo, cada movimiento del operario, fue aprovechado al máximo y de esta forma el hombre terminó por convertirse en un utensilio imbuido en su tarea de productor de resultados, olvidándose de sí mismo y aplazando los momentos para indagar acerca de su propia esencia.
De esta forma, se han valorizado hasta las fracciones de minutos y el tiempo perdido pasa a ser dinero perdido, las horas vuelan ante los ojos de los hombres y el desespero se apodera de su conciencia, se pierde la calma, el mundo se torna demasiado veloz y confuso como para entenderlo, entonces no queda más remedio que dejarse llevar y convertirse en un enloquecido muñeco impulsado por las manecillas del reloj, sólo queda ingresar al juego.
Las posibilidades de escapara de este amargo destino son limitadas mientras subsista la mentalidad utilitaria. Si en muchas regiones no se han alcanzado aún estos extremos es porque dicha mentalidad no ha logrado dominar totalmente.
Todo lo anterior me lleva a pensar que el hombre hace al tiempo y el tiempo hace al hombre pero que debe existir un medio que condicione esta relación, la naturaleza nos brinda el espacio para que esto se dé. Si nacimos entre verde, escuchando el choque del agua crepitar sobre las piedras de una cascada, es muy posible que nuestra naturaleza sensible, en determinado momento, nos pida experimentar de nuevo estas sensaciones que se fueron esfumando a causa de nuestro insensato proceder. El presente que el hombre ha creado, traiciona su verdadera esencia, no es esta su naturaleza, ¿Cuándo entenderemos que antes de ser racionales somos sensitivos?
Tal vez esta negación de los principios de su creación es la que ocasiona ese estado de insatisfacción en el que se encuentra sumergido el hombre actual, es muy posible que este sea el motivo por el cual, sin encontrar alivio en el presente, recuerde con nostalgia el pasado. Un fiel ejemplo de esto es el caso de Manuel Bustos Calambas, un hombre que (40 años después de haber salido de su pueblo San Francisco- Cauca) afirma con despecho: Ahora es que me doy cuenta que mi padre realmente estaba en lo cierto cuando me decía que todo tiempo pasado siempre sería mejor. Este hombre, cada fin de semana, regresa a su pueblo, como dice él, tratando de escapara de las presiones y los afanes que debe afrontar en su trabajo. Cuando vuelve a su casa en el campo siente transportarse en el tiempo: El barro rojo enloda mis zapatos, su olor me invade y no puedo negar que en ese momento empiezo a sentirme en los 60s, cuando era joven y corría por esos lugares. Como él muchas personas añoran desesperadamente aquellas épocas en las que sus vidas se encontraban enmarcadas por el ritmo natural de los astros y de las estaciones, cuando el tiempo no existía sino para matarlo porque la inocencia de la niñez lo tomaba como un juego. Muchos desearían regresar a la infancia, cuando los días parecían muy largos y se pasaban las tardes sin saber que hacer, pero ahora las cosas han cambiado porque el tiempo pasa y no perdona, se van meses y años para no volver.
Es doloroso pensar que todos estos recuerdos son sólo restos menguantes de una época condenada y que en nuestras grandes ciudades ya ha desaparecido esa forma de percibir el tiempo, simplemente porque nuestras altas y majestuosas edificaciones, hoy en día, ni siquiera nos permiten observar el cielo para buscar en él las constelaciones y conseguir guiarnos por su marcha.
Para hacer este ensayo lo he pensado mucho, pues no hay nada más profundo que el tiempo. Sin embargo, siempre me ha gustado conocer y cuestionar los cambios (los cambios llevan implícito el tiempo) socioeconómicos que se presentan en la modernidad, por eso decidí abocar el tema del tiempo desde este punto.
Para empezar, se debe decir que desde el siglo III a.c. el tiempo ya era percibido mediante la observación del movimiento de los astros, especialmente del sol. No obstante, el mundo de la antigüedad era un mundo cualitativo en el que el tiempo no se medía porque, más bien, se vivía en términos de eternidad.
Posteriormente, cuando irrumpe la mentalidad utilitaria, el hombre empieza a emplear elementos como la clepsidra (reloj de agua) para materializar la idea de sustituir el tiempo intuitivo por el tiempo medido con exactitud. En este momento el ser humano reevalúa su concepción del tiempo y lo empieza a mirar como un factor multiplicador de dinero ya que se piensa que el tiempo es oro y para sacarle el mayor provecho debe medírsele minuciosamente.
Desde el siglo XV, los relojes mecánicos invaden a Europa y el tiempo se convierte en una entidad abstracta y objetiva, numéricamente divisible. De esta forma los individuos se independizan de los ciclos agrarios y de todos los métodos que les permitan apreciar el tiempo de una forma más espontánea.
Pero el objeto de este ensayo no es recordar la historia de cómo el hombre ha ido descubriendo elementos para medir el tiempo, más bien es el de llevar a reflexión el hecho de que las estrategias mercantilistas del mismo hombre han convertido al tiempo en su más acérrimo enemigo.
Es necesario tener en cuenta que el fundamento del mundo moderno es la ciudad, allí se mueven las fuerzas que constituyen esta sociedad dinámica, liberal y temporal de la que hacemos parte, en ella prevalece el tiempo sobre el espacio por el simple motivo de estar dominada por el dinero y la razón, dos fuerzas móviles por excelencia. La urbe es el hábitat actual del hombre, es para muchos, la mayor representación del progreso humano, el lugar donde se plasma toda la grandeza que se ha alcanzado, pero para mí, no es más que la representación de la trágica comedia en la que el hombre quiso ser dios y terminó siendo esclavo, esclavo del dinero y de su propio orgullo.
El hombre conquistó la ciencia y mediante ella creyó dominar la naturaleza, entonces se sintió poderoso y se empeñó cada vez más en obtener resultados a través de ella, la utilizó para enumerar su mundo, para sentirlo más propio y para verlo en términos de su creación. Es así como las ciencias exactas empezaron a regir nuestra sociedad, a tal punto que ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantificable, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos.
El hombre cuantifica el tiempo, lo pone en sus términos, trata de hacerlo suyo, tanto así que lo carga en su muñeca, pero no se da cuenta que entre más intente apropiarse de él menos lo tendrá y más daño se hará. El reloj, que surgió para ayudar al hombre, se ha convertido en un instrumento para torturarlo, hemos llegado a tal punto que nuestros ciclos vitales no son independientes de él, hasta nuestro metabolismo le pide permiso al segundero para proceder (miramos el reloj para saber si ya es hora de que nos dé hambre).
El mundo de hoy, marcha de prisa y el hombre, aunque diga que sí, no ha logrado adaptarse a ese ritmo que se ha impuesto a sí mismo. Los cambios y los avances de la tecnología son tan vertiginosos que el individuo se siente aturdido, pero igual, hace gala de ellos para enaltecer su orgullo. Aplica la técnica a todo lo que encuentra a su alrededor, creando un mundo aparentemente, perfecto pero que de verdad es incompatible con esa naturaleza sensible que, en el fondo, todavía le permite al hombre ser humano. De esta forma, no es difícil pensar que un gran número de las enfermedades modernas se han desencadenado debido al desequilibrio que la técnica y la sociedad han producido entre el hombre y su medio. En estas circunstancias, no es descabellado decir que el hombre acabó por convertirse en víctima de su propio invento y que, hoy en día, sufre las consecuencias de su soberbia.
En los tiempos modernos, la máquina se convirtió en el gran emblema de los logros alcanzados por el hombre, se llegó a sostener que ella lo desembarazaría definitivamente de las tareas manuales y que le dejaría más tiempo libre para cultivar las actividades del espíritu. En realidad, las cosas resultaron al revés porque los poderosos dueños de las industrias buscaron la forma de aumentar, cada vez más, el rendimiento mediante la densificación de la labor humana: cada segundo, cada movimiento del operario, fue aprovechado al máximo y de esta forma el hombre terminó por convertirse en un utensilio imbuido en su tarea de productor de resultados, olvidándose de sí mismo y aplazando los momentos para indagar acerca de su propia esencia.
De esta forma, se han valorizado hasta las fracciones de minutos y el tiempo perdido pasa a ser dinero perdido, las horas vuelan ante los ojos de los hombres y el desespero se apodera de su conciencia, se pierde la calma, el mundo se torna demasiado veloz y confuso como para entenderlo, entonces no queda más remedio que dejarse llevar y convertirse en un enloquecido muñeco impulsado por las manecillas del reloj, sólo queda ingresar al juego.
Las posibilidades de escapara de este amargo destino son limitadas mientras subsista la mentalidad utilitaria. Si en muchas regiones no se han alcanzado aún estos extremos es porque dicha mentalidad no ha logrado dominar totalmente.
Todo lo anterior me lleva a pensar que el hombre hace al tiempo y el tiempo hace al hombre pero que debe existir un medio que condicione esta relación, la naturaleza nos brinda el espacio para que esto se dé. Si nacimos entre verde, escuchando el choque del agua crepitar sobre las piedras de una cascada, es muy posible que nuestra naturaleza sensible, en determinado momento, nos pida experimentar de nuevo estas sensaciones que se fueron esfumando a causa de nuestro insensato proceder. El presente que el hombre ha creado, traiciona su verdadera esencia, no es esta su naturaleza, ¿Cuándo entenderemos que antes de ser racionales somos sensitivos?
Tal vez esta negación de los principios de su creación es la que ocasiona ese estado de insatisfacción en el que se encuentra sumergido el hombre actual, es muy posible que este sea el motivo por el cual, sin encontrar alivio en el presente, recuerde con nostalgia el pasado. Un fiel ejemplo de esto es el caso de Manuel Bustos Calambas, un hombre que (40 años después de haber salido de su pueblo San Francisco- Cauca) afirma con despecho: Ahora es que me doy cuenta que mi padre realmente estaba en lo cierto cuando me decía que todo tiempo pasado siempre sería mejor. Este hombre, cada fin de semana, regresa a su pueblo, como dice él, tratando de escapara de las presiones y los afanes que debe afrontar en su trabajo. Cuando vuelve a su casa en el campo siente transportarse en el tiempo: El barro rojo enloda mis zapatos, su olor me invade y no puedo negar que en ese momento empiezo a sentirme en los 60s, cuando era joven y corría por esos lugares. Como él muchas personas añoran desesperadamente aquellas épocas en las que sus vidas se encontraban enmarcadas por el ritmo natural de los astros y de las estaciones, cuando el tiempo no existía sino para matarlo porque la inocencia de la niñez lo tomaba como un juego. Muchos desearían regresar a la infancia, cuando los días parecían muy largos y se pasaban las tardes sin saber que hacer, pero ahora las cosas han cambiado porque el tiempo pasa y no perdona, se van meses y años para no volver.
Es doloroso pensar que todos estos recuerdos son sólo restos menguantes de una época condenada y que en nuestras grandes ciudades ya ha desaparecido esa forma de percibir el tiempo, simplemente porque nuestras altas y majestuosas edificaciones, hoy en día, ni siquiera nos permiten observar el cielo para buscar en él las constelaciones y conseguir guiarnos por su marcha.
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