EL CIELO NO ES EL INFIERNO
EL CIELO NO ES EL INFIERNO
La vida es la negación de la libertad
y la muerte su afirmación.
Albert Camus
Muchas veces, en la mañana, observo a través de mi ventana el fresco cielo que se dibuja cada día y pienso en aquella vieja idea de que hacia ese lugar van todos los que mueren. Es entonces cuando me pregunto: ¿Será que esa idea surgió de la inmensa serenidad que se siente al observar sus algodonadas nubes?.......Me planteo esta pregunta ya que desde pequeña me dijeron que cuando alguien moría pasaba a mejor vida y si se dice mejor vida es porque llega a ser mucho más placentera que la vida del contexto terrenal. Yo pienso que los hombres de la antigüedad trataron de buscar el lugar hacia donde se dirigía el espíritu de sus muertos y encontraron en aquella cúpula celeste la visión más esperanzadora que se podía hallar. Si esto fue así, me parece una solución bastante coherente ya que bajo el cielo se desarrollan los días de los hombres y aunque es el cielo una realidad latente es aparentemente inalcanzable y desconocida.
A pesar de la visión que nos han inculcado de que ese cielo tan pacífico y hermoso es la puerta hacia la eternidad, hoy en día casi ningún hombre añora llegar a él; al pensar en esa posibilidad generalmente se siente temor, esto se puede justificar si se tiene en cuenta que el hombre, por naturaleza, le teme a lo desconocido. El ser humano evade la idea de la muerte durante toda su vida, se esconde infructuosamente de lo inevitable.
Debo admitir que la muerte no ha tocado mi puerta de ninguna manera en mis escasos 17 años, pero desde mi niñez la he tenido presente ya que por alguna extraña razón la expectativa de una realidad que trascienda la actual siempre ha inquietado mi existencia.
La muerte en su aspecto más concreto es la continua certidumbre de que mi cuerpo se desintegrará algún día; es lo único verdaderamente seguro, sin embargo, la visión que la mayoría de las personas tienen de ella no la sitúa como una compañera permanente del hombre sino como una implacable dama que algún día nos depredará con su guadaña cegadora.
Personalmente, le tengo mayor temor a la muerte de mis allegados que a mi muerte misma, tal vez sea por ese egoísta deseo de tenerlos siempre conmigo, pero tengo en cuenta que la muerte no es solamente el final del drama de la vida sino una compañera que coexiste al lado de mis días marcando ritmos e imponiendo ciclos, pequeñas muertes conforman mi vida, pequeños finales que confluirán en el inmenso e ineludible mar de cuyo nombre, para muchos, se desprende la desesperanza.
La muerte trasciende y nos desata del tiempo, nos libera de ese gran yugo del mundo, ella es un buen vino que se degusta a dosis, hora tras hora y año tras años, es un lento declinar de nuestro ego y un imperceptible surgir de la conciencia.
Pienso que estar dispuesto a abandonarlo todo debe ser nuestra mejor actitud ante la vida, la dificultad y el dolor que nos produce el sólo pensamiento de nuestra partida es debido a las raíces aferradas y profundas, echadas por nuestro trajinar en este mundo.
A pesar de que las personas traten de ignorar a la muerte, ella es lo más importante dentro de todos los asuntos humanos; es el acto final de la vida que rubrica su gloria; por la muerte se nimbaron los héroes y por ella se hacen dioses los hombres; es la brújula que nos hace recordar nuestro norte y elimina el hastío la rigidez y el cansancio.
Tal vez la historia de que el cielo es la casa de los muertos sea sólo eso, una historia, pero estoy segura de que representa muy bien la esencia de lo que debe ser la muerte: un descanso eterno, un feliz encuentro con la verdadera libertad que representa despegarse de las ataduras que nosotros mismos nos hemos impuesto.
La vida es la negación de la libertad
y la muerte su afirmación.
Albert Camus
Muchas veces, en la mañana, observo a través de mi ventana el fresco cielo que se dibuja cada día y pienso en aquella vieja idea de que hacia ese lugar van todos los que mueren. Es entonces cuando me pregunto: ¿Será que esa idea surgió de la inmensa serenidad que se siente al observar sus algodonadas nubes?.......Me planteo esta pregunta ya que desde pequeña me dijeron que cuando alguien moría pasaba a mejor vida y si se dice mejor vida es porque llega a ser mucho más placentera que la vida del contexto terrenal. Yo pienso que los hombres de la antigüedad trataron de buscar el lugar hacia donde se dirigía el espíritu de sus muertos y encontraron en aquella cúpula celeste la visión más esperanzadora que se podía hallar. Si esto fue así, me parece una solución bastante coherente ya que bajo el cielo se desarrollan los días de los hombres y aunque es el cielo una realidad latente es aparentemente inalcanzable y desconocida.
A pesar de la visión que nos han inculcado de que ese cielo tan pacífico y hermoso es la puerta hacia la eternidad, hoy en día casi ningún hombre añora llegar a él; al pensar en esa posibilidad generalmente se siente temor, esto se puede justificar si se tiene en cuenta que el hombre, por naturaleza, le teme a lo desconocido. El ser humano evade la idea de la muerte durante toda su vida, se esconde infructuosamente de lo inevitable.
Debo admitir que la muerte no ha tocado mi puerta de ninguna manera en mis escasos 17 años, pero desde mi niñez la he tenido presente ya que por alguna extraña razón la expectativa de una realidad que trascienda la actual siempre ha inquietado mi existencia.
La muerte en su aspecto más concreto es la continua certidumbre de que mi cuerpo se desintegrará algún día; es lo único verdaderamente seguro, sin embargo, la visión que la mayoría de las personas tienen de ella no la sitúa como una compañera permanente del hombre sino como una implacable dama que algún día nos depredará con su guadaña cegadora.
Personalmente, le tengo mayor temor a la muerte de mis allegados que a mi muerte misma, tal vez sea por ese egoísta deseo de tenerlos siempre conmigo, pero tengo en cuenta que la muerte no es solamente el final del drama de la vida sino una compañera que coexiste al lado de mis días marcando ritmos e imponiendo ciclos, pequeñas muertes conforman mi vida, pequeños finales que confluirán en el inmenso e ineludible mar de cuyo nombre, para muchos, se desprende la desesperanza.
La muerte trasciende y nos desata del tiempo, nos libera de ese gran yugo del mundo, ella es un buen vino que se degusta a dosis, hora tras hora y año tras años, es un lento declinar de nuestro ego y un imperceptible surgir de la conciencia.
Pienso que estar dispuesto a abandonarlo todo debe ser nuestra mejor actitud ante la vida, la dificultad y el dolor que nos produce el sólo pensamiento de nuestra partida es debido a las raíces aferradas y profundas, echadas por nuestro trajinar en este mundo.
A pesar de que las personas traten de ignorar a la muerte, ella es lo más importante dentro de todos los asuntos humanos; es el acto final de la vida que rubrica su gloria; por la muerte se nimbaron los héroes y por ella se hacen dioses los hombres; es la brújula que nos hace recordar nuestro norte y elimina el hastío la rigidez y el cansancio.
Tal vez la historia de que el cielo es la casa de los muertos sea sólo eso, una historia, pero estoy segura de que representa muy bien la esencia de lo que debe ser la muerte: un descanso eterno, un feliz encuentro con la verdadera libertad que representa despegarse de las ataduras que nosotros mismos nos hemos impuesto.